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| HISTORIAS DE VIDA
La increíble historia del sargento “Patria”
Según el relato de David Carruthers
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| 06/01/09 |
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| Este artículo es presentado por el My (R) Sergio O. H. Toyos, siendo de autoría del fallecido Sr. Douglas Philip. Cuenta con los permisos de la familia para su respetuosa publicación y puesta a consideración de nuestros lectores, por el alto significado que posee para la “Pequeña Gran Historia” de nuestra Patria.
La Historia de la Patria, no se hace solamente con los héroes emblemáticos, perpetuados en el bronce, el mármol, la pintura y recordados en innumerables muestras de reconocimiento: nombres de poblaciones, de calles, de instituciones de todo tipo, etc. En ella, también están incluidos también los hombres y mujeres que en forma silenciosa y que sin quizá, habérselo propuesto, aportaron y continúan haciéndolo en el día a día, el necesario granito de arena con el que se construye nuestra nacionalidad.
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El relato que sigue, por cierto, verídico y comprobable, nos muestra a uno de estos personajes. Una vida azarosa, aventurera y dura, que por aquello de las “circunstancias” que menciona Ortega y Gasset, refiriéndose al hombre en general, nos muestra a uno totalmente desconocido para la Gran Historia, que por instinto de supervivencia y por imperio de las cosas que le tocó vivir, ofreció su existencia en función del servicio, noble, sacrificada y abnegadamente, trascendiendo sólo por eso. Uno de tantos desconocidos, que vivieron y brindaron de sí, en circunstancias parecidas, legándonos una parte de lo que somos y tenemos como argentinos… En definitiva, un ejemplo para seguir…
Hace ya algunos años, me desempeñaba como personal civil docente del Ejército, cumpliendo funciones como jefe de trabajos prácticos en el Servicio Histórico del Ejército. Mi tarea consistía en llevar a cabo investigaciones y asesoramientos de carácter histórico, del mismo modo que en recibir y orientar en sus trabajos, a un numeroso público civil y militar que buscaba informarse en nuestros archivos sobre datos que sirvieran para sus propias investigaciones. Así fue como conocí al Sr. Douglas Philip, un hombre ya mayor, que apareció un día, acompañado de una señorita parienta suya, residente en Canadá, quien venía a nuestro país a investigar para su tesis universitaria, en los antecedentes de los inmigrantes de origen escocés que se fueron estableciendo con el correr de los años en nuestro territorio.
El Sr. Philip, en contactos mantenidos con su pariente canadiense, le había referido una increíble historia que había vivido un ancestro por vía lateral de su familia hacia mediados y fines del siglo XIX. Por las notables circunstancias que la caracterizaban, se habían constituido en una parte importante y curiosa de la tradición oral familiar, pasándose de boca en boca, y generación tras generación, alcanzando la versión escrita, a través suyo. El Sr. Douglas Philip decidió compilar en idioma inglés los recuerdos de la familia, dedicando un rico apartado a este personaje, cosa que hizo a mediados de 1962. El relato se desarrolla así:
Una Historia de Familia
Según el relato de David Carruthers
21 de Junio de 1962
“No pretendo bajo ningún concepto, ser escritor, pero deseo dejar sentado, más o menos cómo ha sido mi vida en este país en que he nacido ( la República Argentina).
Mi padre, James Smith Carruthers, fue un escocés que vino a la Argentina, allá por 1860, a trabajar en el campo, en la cría de ovejas, primero en una estancia de la familia Gibson y más tarde en uno de la familia Gilmour, por la zona de Mar de Ajó.
Con el tiempo, pudo arrendar un campo, siempre en la zona de Mar de Ajó y se casó con una de las hijas de la familia Gilmour.
Esta historia relata lo que les sucedió a mis abuelos Gilmour en su estancia “Monte de los Blancos” alrededor, alrededor de 1840, en las épocas de Rosas.
Mi tío, Daniel Gilmour, tenía cuatro o cinco años cuando apareció un gaucho en la casa de sus padres. Como era la costumbre, lo invitaron a tomar mate y luego a comer un asado. En un momento dado, el gaucho se quedó solo en la cocina y al regresar mi abuela, lo vio cómo escondía bajo su poncho una barra de jabón de las que hacía mi abuela con grasa de oveja y luego los ponía a secar sobre una tabla.
Tan indignada estaba mi abuela que lo echó de la casa diciéndole que si se lo hubiera pedido, se lo habría dado, pero no aceptaba que le estuviese robando. El gaucho se fue maldiciendo y jurando venganza.
Al pequeño Daniel lo ponían sobre un caballo manso para que aprendiese a andar, nada más que con un cojinillo de cuero de oveja por montura. De repente, una mañana de niebla se dieron cuenta que no estaba y sus padres y hermanos lo empezaron a buscar sin encontrarlo. Alguien comentó que el gaucho que quiso robar el jabón había sido visto merodeando por el lugar, pero nada se sabía de Daniel. A los pocos días apareció el caballo de vuelta en la casa, pero nada del pequeño, y una familia que vivía cerca de la costa, encontró un bulto de ropa que pertenecía a Daniel, por lo que llegaron a la conclusión que el niño se había desvestido para bañarse y se había ahogado. Esto fue creído por todo el mundo, excepto por mi abuela quien decía que su pequeño Daniel estaba vivo y rezaba para que apareciera, pero el tiempo fue pasando sin que se supiese de él.
Muchos años después, vino un día a, “Monte de los Blancos”, un caballero “nativo” que era un funcionario de tierras o algo por el estilo. Este señor fue invitado por mis abuelos a almorzar y en esa ocasión se quedó mirando largamente a mi abuelo y a mi tío Robert, que para entonces, era un muchacho de 22 años. Finalmente dijo que en sus viajes por la frontera, en un apartado fortín de la provincia de Santa Fe, había conocido a un joven que era la viva imagen del señor Gilmour y de su hijo Robert. Tiempo después estuvo haciendo averiguaciones para darle datos a mi abuelo, pero no tuvo éxito pues lo debían haber trasladado a algún otro fortín lejano.
Volvieron a pasar los años y, cuando se produjo la guerra brutal entre Argentina y Paraguay (1860 – 1865), un oficial del Ejército Argentino recién vuelto del frente de batalla, se encontró con mi abuelo y le dijo que un joven soldado regular, alto y muy rubio, era idéntico a él, que estaba seguro que era el joven Daniel y que aún estaba combatiendo en el frente.
Mis abuelos eran amigos del general Manuel Campos y lo fueron a ver. El general llevó a mi abuela a reconocer los soldados que estaban regresando del Paraguay, pues la guerra estaba terminando. ¡Pobre abuela! Recorrió fila tras fila de soldados sin poder reconocer a su hijo ya que, como se pudo saber mucho después, Daniel se había quedado en Corrientes, con severas heridas sufridas en los combates finales, por lo que no pudo ser desmovilizado con sus camaradas.
Tiempo después, luego de doce años de matrimonio, siempre criando ovejas en Rincón de Ajó, mi padre había llegado a la conclusión que, por las bajas condiciones de los campos de la zona, no era buen negocio seguir en esa empresa. Fue así que aceptó una propuesta de Mr. George Corbett, de llevar su majada de ovejas a un campo distante de la provincia de Buenos Aires, en la margen sur del Arroyo Grande, en el partido de General Pringles, hoy partido de Coronel Dorrego, cerca de Bahía Blanca.
El lector se preguntará qué tiene que ver la vida de Daniel Gilmour con el arreo de las ovejas de mi padre a Arroyo grande, pero h haciendo fuera del boliche hete aquí que cuando mi padre, luego de días de cabalgata, llegó al campo de Mr. Corbett, se encontró con una pulpería donde estaban unos cuantos pobladores. Según la costumbre campera fue muy bien recibido, e invitado a participar de un asado que se estaba haciendo fuera del boliche, mientras los participantes conversaban. Uno de ellos comentó que la tropa de carretas de Chumarro, había acampado por la noche, a una legua de donde ellos estaban y otro preguntó si el rubio Nicolás González, seguía a cargo de la tropa. El primero contestó que sí pues lo había visto y entonces, mi padre preguntó si el encargado de las carretas era rubio y muy alto.
Volvió a contestarle el hombre que sí, que tenía una gran barba roja y que era un sargento de frontera, que había llegado a la zona después de combatir en la guerra del Paraguay.
Entonces, mi padre preguntó si podría ver al hombre rubio y uno de los presentes le dijo que sí, que él tenía que seguir galopando hasta donde estaban las carretas y le iba a decir que mi padre quería verlo pues pensaba establecerse en el pago.
A la mañana siguiente, este hombre rubio llegó al lugar y luego de atar su caballo al palenque, se acercó tranquilo a donde se estaba haciendo el asado y dijo: -‘Buen día, señores'- y a mi padre: –‘¿Usted me quiere ver, señor?'- Mi padre asintió y le preguntó su nombre: –‘Nicolás González, su servidor'- contestó-. Mi padre le dijo: ‘-Usted no es Nicolás González. Usted es Daniel Gilmour.'
Papá contó después que tan pronto lo vio, estuvo seguro que era Daniel, pues era la imagen perfecta de mi abuelo Don Mateo Gilmour.
Este hombre le preguntó a papá por qué lo había llamado por un nombre que él no conocía. Papá dijo: –‘Sentémonos y charlemos. Te he llamado por tu verdadero nombre y si puedes contestarme algunas preguntas, te explicaré el significado de todo esto. ¿Recuerdas si alguna vez, siendo niño, si hablaste en un idioma distinto al español que usas ahora?'-
-‘Sí'-, le dijo. –‘Cuando era muy chico hablaba algún idioma “gringo” pero no sabía cuál era. Me acuerdo que mi tata a veces me gritaba ¡Che, Gringo!'-
-‘Bien'-, siguió papá. -‘Yo puedo decirte ya que en tu rodilla derecha tienes un lunar negro'.-
-‘¡Sí!'-, contestó Daniel. –‘Recuerdo que por muchos años tuve esa mancha negra en la rodilla, pero desapareció cuando una lanza india me hirió allí esta fea cicatriz en su lugar.'
-‘¿Recuerdas quién te llevó en su caballo cuando eras muy pequeño?'-
-‘Sí, mi tata Nicolás González'.-
-‘¿Y por qué le decías “tata” a ese hombre?'-
-‘Porque él decía que era mi padre y yo no conocía ningún otro. Y ya que me lo pregunta, no era bueno conmigo. Era borracho y jugador y cuando yo no le podía llevar algo de plata a la tardecita, me golpeaba.'-
-‘¿Y cómo ganabas esos pocos centavos que le llevabas a tu tata?-
-‘Casi siempre, haciendo mandados para los oficiales a cargo de los fortines en la frontera con los indios, en el sur de Mendoza, San Luis y sur de Córdoba. Pero mi tata se puso muy enfermo y se murió. Yo debía tener unos doce años pero no sé bien, porque desconozco la edad que tengo.'-
-‘Estoy perfectamente convencido', -dijo papá- ‘que eres mi cuñado. Yo estoy casado con la menor de tus hermanas, Mary, a quien nunca conociste pues nació unos diez años después que te raptaran. Te propongo que dejes tu trabajo de capataz de carretas y te vengas conmigo para encontrarte con tus padres, quienes no te han visto por más de cuarenta años. Ellos se están poniendo muy viejos y tu madre está bastante enferma.'-
Daniel al principio no consintió con lo que papá le propuso, diciendo que cómo iba a volver con unos padres que no conocía y a los que les crearía problemas, pues ni siquiera sabía hablar en su idioma. Sin embargo, luego de una charla, papá logró convencerlo que lo mejor que podían hacer era regresar juntos a Rincón de Ajó.
Ahora volveré atrás para contar algunas cosas que le pasaron a “Dan” durante su vida de soldado. Durante la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay, ganó dos medallas por su valor en combate. Una por salvar la vida de un oficial. En medio de una furiosa batalla, cuando se había ordenado retirada, un oficial apellidado Del Carril, cayó con una pierna destrozada por una bala. Dan lo alzó y lo llevó a salvo, a riesgo de su vida, hasta las propias líneas. En otra oportunidad, cuando se había ordenado pasar al ataque para desalojar al enemigo de sus posiciones, éste ofreció una resistencia tan enconada que, ante las fuertes pérdidas, hubo que emprender la retirada. Al alcanzar la seguridad de la trinchera propia, Dan notó la falta de un camarada, a quien creyó oír quejarse dentro de la trinchera que acababan de abandonar ante la presión del enemigo. Allí mismo, pidió permiso a su comandante para regresar en busca del herido, siendo autorizado pero advertido que podía costarle la vida. Y allá fue, a salvar a su compañero, regresando ileso con él a cuestas.
Más adelante, ya hacia el final de la guerra, resultó gravemente herido en combate y fue trasladado a retaguardia y hospitalizado en Corrientes.
Al regresar a Buenos Aires recibió sus jinetas de sargento primero, siendo destinado al servicio de fortines, para controlar los malones que los indios lanzaban sobre los nuevos pobladores de la pampa.
Dan sirvió en la frontera entre doce y catorce años y estuvo en varios fortines, de algunos de los cuales fue el jefe. Aquí voy a mencionar que en Paraguay a Dan le volaron de un tiro un pedazo de oreja. En ese entonces, a los caballos que no tenían dueño, se les cortaba media oreja y se los destinaba a las guarniciones del Ejército. Se los llamaba “caballos patria” (como a los todos los pocos y pobres efectos que proveía el Estado, a las fuerzas militares). Y así, Dan cargó con el mote de “Sargento Patria” y cuando estuvo al frente de un fortín en la provincia de San Luis, éste se conocía como “el fortín del Sargento Patria” y más adelante, “Fortín Patria”. Cuando se tendió la línea del Ferrocarril al Pacífico por el territorio de San Luis, la estación más cercana a este fortín se llamaba “Dixonville” (en homenaje a un distinguido vecino del lugar, que cediera parte de sus propiedades para la instalación de la vía y levantar la estación). Ahora, (merced a una moción presentada en 1925 al entonces Ministro de Obras Públicas de la Nación , Dr. Roberto M. Ortiz por un grupo de vecinos de la localidad), se llama “Fortín El Patria”, no sé si por Dan o no, pero me han dicho que antes se llamó “Sargento Patria”.
Durante sus años de lucha contra los indios, Dan fue una vez capturado por los ranqueles y mantenido en cautiverio en las tolderías hasta que por un error del cacique, lo mandó a abrevar su caballo preferido en una laguna cercana. En cuanto pudo, Dan se montó en el caballo y huyó al desierto ocultándose durante el día en los montes de algarrobos. Tras galopar por dos noches seguidas, pudo llegar hasta su fortín, ganándose entonces el mote de “indio rubio”.
En otra ocasión, una mañana brumosa en que andaba patrullando con un oficial y otros dos soldados, distinguieron a la distancia a un grupo de jinetes. Contra la opinión de Dan, que pensaba que eran indios, el oficial ordenó acercarse en la seguridad que se trataba de otra patrulla de militares. Cuando se enfrentaron, no pudieron resistir el ataque de los ranqueles, que mataron al instante al oficial y resto de los soldados, dejando a Dan tras desnudarlo, para divertirse probando sus lanzas en él, pues lo reconocieron como el cautivo rubio que se les había fugado. La primera lanza se clavó en el suelo y Dan la pudo recoger alcanzando a matar dos indios con ella. Luego, los indios fueron clavando sus lanzas en el cuerpo del caído, que quedó de cara al suelo con una lanza rota atravesando sus costillas. Milagrosamente en ese momento, un grupo de paisanos armados que andaba galopando por la zona, obligó a los indios a desbandarse tras unos pocos disparos.
Los paisanos, eran gente de Chumarro, quien más adelante incorporaría a mi tío a su tropa de carretas. Lo alzaron y lo pusieron en el lomo de un caballo como si fuera una res de oveja y lo llevaron hasta el rancho de Chumarro, donde permaneció por meses debatiéndose entre la vida y la muerte, hasta que, restablecido, comenzó a trabajar en las carretas.
Vuelvo ahora a la parte de mi relato en que papá lo convenció a Dan de regresar con sus padres. Primero papá tuvo que arreglar su situación con el Ejército, pues aún no había sido licenciado. También se ocupó de tramitar con las autoridades la cesión de las tierras que le correspondían por sus servicios en la frontera y en la guerra del Paraguay, las que le fueron otorgadas y que luego se perdieron por la mala fe de gente deshonesta.
Después de días de duro galope fueron primero al campo de mi padre, donde papá le presentó a mi madre, la hermana que nunca había conocido, a la que más tarde llamó siempre “la viejita”.
En la mañana siguiente, los dos jinetes, luego de cambiar caballos, continuaron su viaje hasta “Monte de los Blancos”, de donde Dan había partido hacía más de cuarenta años atrás.
Cuando llegaron, papá no quiso alterar a sus suegros con una repentina aparición de Dan, pues ya eran muy viejitos, así que dejándolo junto al palenque, se adelantó y les dijo:
-‘He traído un amigo a verlos, que me ha acompañado en mi viaje al sur.'-
Ante la pregunta de mi abuela, hizo una seña a Dan, quien se adelantó hasta donde estaban ellos. Cuando lo vio de cerca, mi abuela le dijo a su marido: -‘¡Dios sea loado, Mathew, Jim nos ha traído a nuestro Daniel de regreso!´-
Papá solía decir que nunca olvidaría la reunión de Dan con sus padres, cada uno tomándolo de una mano y no parando de abrazarlo.
Dan se quedó a vivir con mis abuelos, que al poco tiempo dejaron el campo y se mudaron a una casa que compraron en el pueblo de Lavalle, y los acompañó y atendió en sus necesidades. Cuando murieron en 1886, era el único hijo que estaba con ellos. Ahora descansan en el cementerio de la Iglesia Escocesa de Chascomús.
Cuando Dan quedó solo juntó su tropilla de caballos y se dirigió al sur, donde había ganado su fama de valiente pero no fortuna.
Para entonces, mi padre había arrendado un campo a cinco leguas de lo de Corbett, cerca de las sierras, sobre el arroyo Sauce Grande. Nunca olvidaré cuando, siendo yo un niño pequeño, llegó a casa un hombre grande a caballo y luego de apearse y ajustarle la cincha, se acercó adonde estábamos con mi madre y mis hermanos. Llevaba un poncho mojado, pues era un día lluvioso y cuando abrazó a mi madre pensé quién podría ser ese hombre y por qué la abrazaba.
Dan se quedó a vivir con nosotros y, por supuesto, fue el héroe idealizado de nuestra niñez. Nunca nos contó a los niños de guerras y batallas, pero algunas veces en la tarde, junto al fuego del hogar, solía charlar con papá sobre las cosas que había tenido que pasar. Recuerdo que solía levarnos a los niños a bañarnos al arroyo Sauce Grande, cercano a nuestra casa, y allí pude ver, cuando nos quitábamos la ropa, las terribles cicatrices que cubrían su cuerpo.
Dan se encariñó mucho con mi hermana mayor, Bessie y cuando ella se casó en el año 1893 con William Sherriff, se fue a vivir con ellos a su estancia.
Hacia fines de 1894 enfermó seriamente debido a las calamidades que debió soportar en su vida errante como soldado y papá y mi cuñado Sherriff lo enviaron al Hospital Británico en Buenos Aires, donde falleció.
Así terminó la vida de Daniel Gilmour, un hombre querido y respetado por todos los que lo conocieron y, agrego al final, el héroe absoluto de sus sobrinos, sin haberles dicho nunca nada sobre sus años en el Ejército…
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El presente trabajo tan sólo rescata una sola de las tantas historias de vida, que ignoradas por la Historia Grande, contribuyen desde su desconocimiento, a formar los aportes que sin embargo la cimientan y le proveen corporeidad desde lo profundo y lo antiguo.
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Casos como éste hubo muchísimos a lo largo de nuestro pasado e incluso los hay en el presente. Su anonimato, no carente de esfuerzos, sacrificio, sufrimiento y olvido, constituye el crisol donde se funden los valores más auténticos de la nacionalidad, obligándonos a reflexionar sobre las circunstancias de nuestro pasado, para que encaminando el presente, logremos un futuro digno de nuestro sentir nacional…
Esta es la traducción resumida y adaptada de la historia escrita por David Carruthers en 1962, cuando tenía 76 años. Se ha traducido únicamente la parte referida a Daniel Gilmour, en septiembre de 1997.
“Nativo”. Expresión usada por algunos angloparlantes, en especial los británicos, para referirse a los nacidos en el país, no descendientes de británicos. 
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DON BLAS DE LEZO Y OLAVARRIETA
Un ejemplo del espíritu militar español
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10/12/08 |
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Presentamos aquí la historia de un personaje que no se encuentra vinculado a la Historia Nacional Argentina. Como español, y tal como ya lo preanuncia el título de este artículo, fue un valiente marino, que se destacó por su bravura, tesón y dominio del arte de la guerra. Fue un excelente conductor militar y le cupo la responsabilidad de participar en innumerables acciones, que le valieron muchas lesiones y heridas, como también el reconocimiento, aunque tardío, del gobierno y pueblo español. El espíritu que lo caracterizó, fue el mismo que heredaron aquellos que llegaron a América y que estableciendo colonias de la Corona por estos lares, permitieron que hoy existan naciones iberoamericanas que reconocen a España como la Madre Patria. De su ejemplo como soldado, se nutrieron quienes nos brindaron la posibilidad de construir una nueva Nación. Hacia ellos, pues, va nuestro reconocimiento.
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SOLDADO HERMINDO LUNA
“Aquí no se rinde nadie”
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07/10/08 |
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El domingo 5 de octubre de 1975 en la calurosa tarde formoseña se fraguaba una traición. Los conscriptos del Regimiento Nº 29 volvían al retén luego de un partido de fútbol. Eran jóvenes de 20 años que se hallaban realizando el Servicio Militar Obligatorio en cumplimiento de una ley de la Nación, algunos de ellos tenían un buen nivel de instrucción formal, como el santafesino Mayol, que estudiaba Derecho; otros, como el “Negro” Luna, en cambio, aprendían a leer y escribir en el cuartel. Pero todos, en toda la geografía del país, así tuviesen padres empresarios o muy humildes, usaban el mismo uniforme que los convertía en camaradas y juraron la misma bandera que los hermanaba.
Mientras se dirigían a las duchas, seguían con las “cargadas” por el resultado del partido, pero había un soldado que no se reía. Aquel día fue elegido por el grupo armado para llevar a cabo un espectacular golpe contra el Ejército Argentino con la firme intención de sustraer las armas de la Nación.
En esta operación se emplearon cerca de un centenar de efectivos fuertemente pertrechados con ametralladoras, fusiles FAL con 5 cargadores por hombre, escopetas, granadas, minas vietnamitas y equipos de comunicaciones portátiles. Vestían uniformes azules y contaban con una muda de ropa civil y documentos falsos. Para desplazarse disponían de 11 vehículos y una avioneta.
La operación, minuciosamente planeada, establecía
un asalto simultáneo al Regimiento y al aeropuerto
“El Pucú” de Formosa, cuyo control era vital para la
posterior evasión, la cual se realizaría en
un Boeing 737 de Aerolíneas Argentinas desviado de
su vuelo, Buenos Aires - Posadas. La irrupción al cuartel
se efectuaría mediante un ataque a la guardia y una
penetración por el área posterior de la unidad.
Mientras algunos conscriptos dormían y otros estaban ya duchándose, el santafesino Mayol, famoso por sus bromas, le arrebató el fusil a su compañero del Puesto de Guardia Nº 2 y abrió los portones para permitir el ingreso de 5 camionetas que transportaban unos treinta hombres fuertemente armados. El primer vehículo se dirigió al Puesto de Guardia Nº 1, cerca de la guardia Central, donde el sargento Víctor Sanabria estaba intentando operar una radio, y al descubrirlo lo mataron para cortar toda comunicación con el exterior. Simultáneamente, otra fracción entró al dormitorio de la guardia y asesinó a 5 soldados que estaban durmiendo. Algunos conscriptos murieron en las duchas, alcanzados por las granadas arrojadas desde las ventanas del baño.
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Conducidos por el soldado entregador, Luis Roberto Mayol, los agresores sabían bien dónde se hallaban los depósitos de armas y de municiones. Cuando se acercó un subteniente que había escuchado los disparos, Mayol le apuntó con su FAL pero el arma se trabó y el oficial lo abatió. El “Negro” Luna se hallaba de guardia en la Compañía Comando, cuando de repente, 5 delincuentes saltaron de una de las camionetas y lo encararon.
- Rendite, negro, que con vos no es la cosa. -¡Acá no se rinde nadie, mierda!- Respondió Luna con su fusil en la mano mientras intentaba replegarse sobre el fondo de la Compañía , dándole tiempo a sus camaradas de reaccionar. Hubo un intercambio de disparos hasta que fue alcanzado por una ametralladora desde una de las ventanas del baño.
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La tenaz resistencia presentada por los “colimbas” sorprendió a los delincuentes, que esperaban encontrarse con “provincianos adolescentes más interesados en levantar los brazos que en responder con balas”, como escribió luego uno de ellos. Luego de un par de horas de feroces combates los agresores debieron retirarse sin poder llevar todas las armas que habían planeado, pero sí lograron hacerse de 18 fusiles FAL.
El Ejército Argentino debió lamentar la muerte del subteniente Ricardo Massaferro, El Sargento Víctor Sanabria Y Los Conscriptos Antonio Arrieta, Heriberto Ávalos, José Coronel, Dante Salvatierra, Ismael Sánchez, Tomás Sánchez, Edmundo Sosa, Marcelino Torantes, Alberto Villalba Y Hermindo Luna. Todos ellos cayeron defendiendo a su bandera hasta perder la vida, como habían jurado.
HERMINDO tenía 20 años y era hijo único. Había entrado al Servicio Militar sin saber leer ni escribir, porque este tape gaucho sólo sabía del monte y de hachar quebracho al sol con 40 grados de calor. Sus superiores lo consideraban un “sobresaliente soldado”. Todos recordaban con una sonrisa esas dos veces que se había quedado dormido en el toque de diana y comenzó su día en una pileta.
Sus padres fueron a retirar el cuerpo, de luto y descalzos, porque era gente muy pobre de un paraje del interior de Formosa. No tenían nada, excepto su hijo, y se lo dieron a la Patria con el corazón desgarrado por el dolor pero con dignidad. |
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ESTANISLAO MALDONES
Historia de un oficial de color
en los albores del Colegio Militar de la Nación.
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29/09/08 |
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La historia de la discriminación o no discriminación de la que hubieran podido ser objeto los ciudadanos mestizos, de color o pertenecientes a otras etnias de las menos numerosas en nuestro incipiente país, allá por mediados del siglo XIX, es muy interesante. Deberíamos partir de la distinta actitud observada para con ellos, por parte de la población mayoritariamente europea y predominantemente hispano italiana que comenzaba a perfilar nuestra masa poblacional de la joven Argentina. Mientras que en los países anglosajones se había observado una gran distancia para con los hombres de color y en general para la mestización y su aceptación social en estratos altos o dominantes, los países que devinieron de la península ibérica, tanto Portugal como España, miraron con otros ojos mucho más condescendientes a este fenómeno. La primera ley abolicionista de Brasil, La Ley de Vientre Libre, fue promulgada el 28 de septiembre de 1871 por el gabinete del Vizconde de Rio Branco. Esta ley dio la libertad a los hijos de esclavos nacidos a partir de esa fecha, aunque los mismos continuaban bajo la tutela de sus dueños hasta cumplir los 21 años de edad.
En 1880 Joaquim Nabuco y José de Patrocínio crean la Sociedade Brasileira Contra a Escravidao que será el primer paso para el desarrollo de una fuerte campaña abolicionista a la cual se sumarán abogados, intelectuales, periodistas y la Iglesia Positivista de Brasil entre otros. Cabe destacar la actuación del ex esclavo y abogado Luís Gama, uno de los héroes de la causa abolicionista.
En 1885, debido a la presión ejercida por la opinión pública y la posición abolicionista europea se promulga la Ley Saraiva - Cotegipe (conocida como Ley de los Sexagenarios) que daba la libertad a los esclavos con más de 60 años. Por fin, un 13 de mayo de 1888 el Gobierno Imperial, a través de la Princesa Isabel, firmó la llamada Ley Áurea que abolió la esclavitud en Brasil. En nuestro país, la Asamblea del Año XIII de las Provincias Unidas del Río de la Plata dictó la libertad de vientres en 1813 y la Constitución de la Nación Argentina, de 1853, dio por abolida completamente la esclavitud en su artículo 15, al afirmar:
En la Nación Argentina no hay esclavos: los pocos que hoy existen quedan libres desde la jura de esta Constitución; y una ley especial reglará las indemnizaciones a que dé lugar esta declaración. Todo contrato de compra y venta de personas es un crimen de que serán responsables los que lo celebrasen, y el escribano o funcionario que lo autorice. Y los esclavos que de cualquier modo se introduzcan quedan libres por el solo hecho de pisar el territorio de la República.
Debe afirmarse también que hasta esta resolución de la asamblea, la esclavitud, no tenía las figuras horrendas que revestía en forma acostumbrada en otros lugares. En estas tierras, el esclavo era tratado con afecto, formaba parte de las grandes familias y en muy pocas oportunidades fue a trabajar en gran número de individuos a los campos de labranza, como sí era frecuente ver en Brasil, Estados Unidos y otros países. El esclavo, así tratado, se acostumbraba a convivir con sus amos, adoptando sus apellidos, costumbres y actitudes, sirviendo fiel y lealmente de por vida. Incluso, sancionada esta ley, muchos optaron por permanecer al servicio de quienes habían sido sus amos o trabajar en forma remunerada en los varios oficios en que resultaban útiles. Dentro de éstos, los esclavos que llegaron a esta parte de América, en el contexto que mencionamos, tomó partido, coercitiva o voluntariamente, por las luchas que se generaron, preparatorias y propagadoras de la emancipación e independencia de la corona. Así es como vemos cuerpos de pardos y morenos organizados durante las Invasiones Inglesas, con sus propios oficiales de color, siendo éstos elegidos de entre aquellos que tenían más luces y acceso a la información y a la formación escolástica de la época. Con valentía y amor a su patria de adopción, combatieron por todos los suelos de nuestra geografía, preparándola para convertirla en un país libre, rico e independiente. Y es así, como aquellos esclavos, fueron asimilándose y entrecruzándose interracialmente e interculturalmente. Así llegamos a ver a numerosos hombres de color que llegaron a detentar altos cargos y grados en el Ejército. Y como una forma de recordarlos y homenajearlos, retrataremos a dos de ellos, padre e hijo, que forman parte de las armas de nuestra historia patria: el coronel y el teniente coronel Estanislao Maldones (padre e hijo, respectivamente).
Aportes de los negros en las Fuerzas Armadas (1)
Antes de entrar en este tema, es necesario decir que en las Guerras de la Independencia Americana, y en las luchas civiles de cada una de las naciones que se formaron al terminar el dominio español, los negros, los indios y sus descendientes, considerados castas, fueron reclutados para luchar en todos los bandos que se enfrentaron, por algo más de medio siglo. Por ello pelearon negros contra negros, indios contra indios, de la misma manera que lo hicieron contra el blanco dominador.
Por ello es que desde muy remota época durante el dominio español el indio americano y el negro esclavo, junto a sus descendientes, fueron incorporados a las fuerzas militares en calidad de auxiliares, que para la época referida era la equivalencia de peones, pues sobre ellos recaían las más pesadas y rudas tareas. Inicialmente las fuerzas militares tuvieron la misión de garantizar la integridad y la vida de los centros urbanos donde se asentaban la administración y el comercio. Luego debieron agregar la tarea de mantener las rutas que unían esos centros poblados. Principalmente la defensa se constituyó con cuerpos integrados por los vecinos considerados aptos para el servicio de las armas. Así permaneció la situación hasta el último tercio del siglo XVIII. Para esta última fecha, se hicieron llegar tropas veteranas en las guerras europeas, pero cuyo arribo dependía de la situación de paz o guerra en que se encontraba la metrópoli española. Por ello y poder suplir las momentáneas falencias se determinó la existencia de las llamadas unidades fijas. Para 1664, la guarnición de Buenos Aires tenía 395 plazas. De ellas 77 estaban formadas por mulatos y negros. En 1570, una Real Orden disponía la obligación de organizar a la población civil para que acudiera en defensa del territorio. Por ello el sistema se acercaba bastante al servicio militar obligatorio. En 1607, se dispuso la formación de cuerpos milicianos que ayudaran militarmente a levantar atalayas a lo largo de las costas del Río de la Plata, lo mismo que sobre la desembocadura del Riachuelo. Esas atalayas debían servir para mantener una vigilancia sobre las aguas del río para avistar y prevenir la presencia de naves enemigas, dado que la ausencia de barcos para patrullar el río era afligente. Esos efectivos milicianos fueron escasos y muy mal armados, por lo que su tarea, además de inútil resultó cansadora, desalentadora y desgastante. Se trató de mitigar esta deficiencias del medio castrense, trayendo de España 200 soldados veteranos con su correspondiente munición, armas y uniformes, de acuerdo a los solicitado por el gobernados Pedro E. Dávila. Sobre la base de esa cantidad de veteranos se formaron las tres primeras compañías a sueldo, para completar el aspecto defensivo, agregando las milicias vecinales. En 1663 la cantidad de hombres veteranos y a sueldo se elevó a 300 y once años más tarde había para defender a Buenos Aires y su región circunvecina los 300 veteranos mencionados, una compañía de milicias de caballería y otra de infantería, ambas armadas con lanzas y adargas, se agregó una guardia de caballería para custodia del gobernados. Complementaban este plantel militar formado por blancos, tres compañías de indios, negros y mulatos. Estos cuerpos tenían como armas, lanzas y desjarretadores (2). Para 1680 con el objeto de culminar la expulsión de los portugueses de Colonia del Sacramento, se formaron cinco compañías de caballería y seis de infantería, con un total de 850 plazas. Sobre esa cifra, los criollos o gauchos podían llegar a integrar el 50%, siempre que no tuvieran en sus venas sangre africana ni india, o sea que no fueran mulatos o mestizos (castas). Para 1705 tenía Buenos Aires una fuerza militar de 821 veteranos, 600 milicianos y 300 negros, indios y mulatos. Para 1765, durante el gobierno de Ceballos había en Buenos Aires, un batallón de voluntarios de españoles residentes en Buenos Aires que llegaban a ser en total 800 hombres. Un regimiento provincial de caballería, que sumaban 1.200 hombres. A ellos, que eran blancos, se agregaban 300 pardos, un cuerpo de indios ladinos a pie y a caballo que llegaban a las 300 piezas. No llegando a superar los 450, de acuerdo a la información suministrada por Torre Revello. Paralelamente se formó un cuerpo de hombres para atender las urgencias de la frontera interior que llegó a tener en el mismo tiempo de Ceballos 2.000 plazas. Sobre la relación étnica de este grupo militarizado hay muchas versiones, pues si bien se habla casi siempre de gauchos, se dejan de lado las mezclas de sangres que había o podía haber en cada uno de ellos. En la época de gobierno de Vértiz, 1771, los veteranos eran en total 2.500, divididos en varios regimientos que llevaban el nombre de su región de origen (Mallorca, Cataluña, etc.). Para ese entonces las fuerzas veteranas españolas se habían refundido con las llamadas fijas . A esas cifras anteriores hay que agregar 651 que correspondían a los dragones, artilleros y maestranza, pero el mantenimiento de estos cuadros (veteranos, milicianos o auxiliares) no era fácil de obtener. El elemento criollo era muy proclive a la deserción llevándose todo lo posible. A ello hay que agregar que el llamado elemento veterano de origen español no siempre era el mejor, ya que en el enganche realizado se alistaba a vagos, confinados a galeras y desertores. Desde la iniciación de la ocupación territorial hasta la primera invasión inglesa, no hay en la documentación posible de consultar en el A.G.N. una estimación parcial o total de la cantidad de negros y sus descendientes que prestaron servicios como auxiliares (no combatientes que tenían la misión de acarrear y acercar bagajes, municiones o retirar heridos) o como soldados de combate, que no los hubo. Esa ausencia se repite en la abundante bibliografía histórica y literaria, editada hasta la fecha. Abundan sí nombres aislados de protagonistas de actos repudiables o heroicos, pero no pasan de ser menciones anecdóticas. Ello da para pensar que el número de negros alistados como auxiliares, si bien ha de haber sido considerable, por el gran número de ellos, su merma por muerte en acciones de combate, no ha de haber sido considerable, ya que ni en los libros de las iglesias o parroquias, como tampoco en los libros de cementerios aparecen anotaciones que hagan pensar de manera contraria.
(1) Coria, Juan Carlos, Pasado y presente de los negros en Buenos Aires, Ed. J. A. Roca, Buenos Aires, 1997
(2) Suerte de lanzas con una moharra terminada en forma de media luna, con el filo en la parte interior, que servían para que un jinete así armado, cortara los tendones de los cascos del ganado, obligándolos a caer pesadamente y proceder en forma directa al faenamiento.
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Lo mismo ocurre respecto a los hechos acaecidos durante la primera invasión inglesa de 1806. Lo rápido y sorpresivo de la acción sumada a la escasez de fuerzas para oponerse y la inercia diligencial, hicieron que la cantidad de bajas fueran relativamente escasa. Todo lo contrario corresponde anotar respecto a la segunda invasión de 1807. Hubo tiempo de prepararse para una segunda eventualidad. A las compañías de Pardos y Morenos, existentes desde 1801, con oficialidad blanca, que era la norma vigente en la época, se agregó el cuerpo de voluntarios indios, pardos y morenos, que tenía 898 plazas. Se estima como cierta la cantidad de 7.882 soldados intervinientes en la segunda invasión y que la principal acción de guerra tuvo lugar el 7 de julio de 1807. Los hombres de color asistidos en los Hospitales de los Betlemitas, de la Residencia , de San Francisco y de San Miguel (en total cuatro hospitales), para el 19 de julio eran 18 negros heridos y 8 pardos en la misma condición. |
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Tres días más tarde esas cifras eran de 24 negros y 9 pardos heridos. Esto da un total de 59 hombres heridos en el combate. En cuanto a los muertos contabilizados después del combate de la fecha precitada, sumaban 35.
Si hacemos una relación porcentual entre heridos y muertos entre la población de color que luchó en Buenos Aires hemos de ver que no da para hacer recaer el peso de la responsabilidad de la reconquista en los hombros y las espaldas de los heridos y muertos de esos hombres de color. Más acertadas y ajustadas a la realidad de lo ocurrido fueron las palabras del teniente general Whitelocke cuando decía: que la clase de fuego al cual estuvieron expuestas las tropas fue en extremo violento. Metralla en las esquinas de todas las calles, fuego de fusil, granadas de mano, ladrillos y piedras desde los techos de todas las casas, cada dueño de casa defendiendo con sus esclavos su morada, cada una de estas era una fortaleza, y tal vez no sería mucho decir que toda la población masculina de Buenos Aires estaba empleada en la defensa. (H.N.A. Vol. IV, 2a sec., pág. 470, Bs. As., 1938). Pero ha de ser después de 1810 en que la población de color ha de tener abiertas las puertas para ingresar a las fuerzas armadas. Conviene aclarar que lo hizo por tres condicionantes insoslayables en sus respectivos momentos históricos. Lo hizo por compulsión, por voluntad, y por tener otro destino que lo sacara de la esclavitud. La documentación histórica del período hispano indica reiteradamente la decisión voluntaria de negros esclavos para servir en las fuerzas armadas. Al respecto conviene aclarar que el negro esclavo fue propiedad del blanco y por ello estaba carente de la libertad de decidir sobre su vida personal. Esa indicación de voluntad para ingresar, se refiere, sin mencionarla, a la voluntad patronal para permitirla, no a la del esclavo. Por ello, cuando revistaban como auxiliares y luego como soldados de combate, dependieron de la voluntad del patrón. El Estado, y en caso especial de Buenos Aires hasta 1810, el Cabildo dispuso que los propietarios de esclavos los facilitaran en calidad de cedidos o prestados, para ser luego reintegrados a sus respectivos dueños, cuando el evento militar hubiera cesado. En ese panorama general, existió la excepción formada por negros libertos que solicitaron a la autoridades la incorporación a las tropas. Esas excepciones figuran en las listas de revistas de los cuerpos formados en la tropa con hombres de color, a partir de 1806 en adelante. Si bien hasta 1806 la incorporación de esclavos, o gente de color, a las fuerzas armadas fue esporádica y temporaria, a partir de 1810 ha de transformarse en sistemática y sin término real de finalización. Continuando el espíritu de estricto control demográfico de la época hispana, reflejado de manera muy reiterada en las actas del Extinguido Cabildo de Buenos Aires y que podemos simplificar con dos palabras vagos y mal entretenidos . Bajo esta designación genérica se incluyó a todos aquellos que no tenían trabajo ni domicilio conocido, sin distingo de etnia. Por ello gauchos, indios, negros y la infinita gama de castas que buscó refugio en la libertad de la pampa, al ser apresados, fueron emitidos a servir en los fortines de la frontera interior. A partir de 1810 ese destino varió, pues se los envió a engrosar los ejércitos que marcharon y combatieron en el Alto Perú, Paraguay y la Banda Oriental. No hay una estadística confiable sobre la cantidad de hombres descendientes de manera directa o indirecta de África, en los ejércitos que posibilitaron la Independencia entre los años que van de 1810 a 1823, pero ha de haber sido considerable, considerando que la población de color formó un tercio de la población que existió, si bien presentó indicios de decrecer. Por ello no es de sorprender que en la batalla de Sipe-Sipe, fueran liquidados casi por completo dos regimientos de negros (algo más de 1.000 hombres). Esa muerte masiva se ha de reiterar con los negros reclutados para el Ejército de los Andes que estuvieron en campaña entre 1816 y 1823, combatiendo en Chile, Perú y Ecuador, de manera que de los 2.000 soldados negros que iniciaron el cruce de los Andes, fueron repatriados en la segunda fecha indicada, 143 soldados de color. Esa merma se explica al saber que en la batalla de Maipú, los negros enganchados provenían de los cañaverales tucumanos, muy hábiles en el manejo del machete para cortar la planta. Recibieron la orden de cargar a las tropas realistas provistas de armas de fuego. Lo hicieron blandiendo los machetes y al grito de: querré achucha, Tomá Pachuca. Rompieron las filas de los soldados veteranos y sembraron el terror por la furia puesta en cortar cabezas de españoles. Murieron más del 86% en el combate, pero se ganó la primera batalla decisiva de la campaña de Chile. Con el mismo ímpetu siguieron combatiendo los otros negros en el resto de la campaña libertadora. Fue costumbre complementar regimientos o batallones de blancos con cuerpos de negros. Pasada la contingencia esa fuerza negra fue separada y absorbida por cuerpos de negros ya existentes, como el llamado Regimiento de Castas que incluía indios, negros y castas.
Los sobrevivientes de la Guerra de la Independencia , blancos y negros no fueron dejados para que vivieran la vida civil. Se los asimiló casi de inmediato para integrar el ejército que intervino en la Guerra con el Imperio de Brasil. Cuando esta guerra terminó, los sobrevivientes fueron absorbidos por las guerras civiles entre unitarios y militares. Las memorias dejadas por Paz, La Madrid , Ferré y otros protagonistas de este gran desencuentro nacional, tienen alusiones y referencias reiteradas sobre el desempeño de negros, veteranos de las guerras antes mencionadas. Rosas los reunió para formar el Batallón Provincial y el Batallón Restaurador. A pesar de las precariedades y de los peligros reales que amenazaban a la Nación que luchaba por formarse, los propietarios de esclavos no cesaron en sus argucias y artimañas para no tener deterioros en sus patrimonios. Todo esclavo que ingresaba al ejército, significaba una merma en los ingresos que obtenía con el trabajo que hacía para la familia o el alquiler que dejaban de percibir. Por eso es posible encontrar en la documentación del A.G.N., numerosas notas solicitando excepción respecto a los negros que se poseían, pues de su trabajo vivía la familia propietaria. Otras notas son para procurar la devolución del esclavo por haber vencido el tiempo de cesión o préstamo. No faltan las contracaras de esta solicitudes, pues hay denuncias sobre propietarios que niegan tener esclavos, pues los mantenían casi totalmente encerrados en sus domicilios, haciéndoles producir artesanías menores que luego se vendían entre el vecindario urbano. Otros propietarios más prácticos enviaron a sus esclavos a trabajar en las estancias, logrando de esta manera mano de obra y soslayar la obligación de perder una parte de su propiedad. En la batalla de Caseros se enfrentaron muchos negros, pues estaban alistados en ambos bandos y con posterioridad tanto el Estado de Buenos Aires como la Confederación Argentina contaron con hombres de color que nuevamente resultaron adversarios en Cepeda y Pavón. Terminada la guerra civil y lograda la unidad nacional, los veteranos salvados de las guerras anteriores, fueron alistados para luchar en la Guerra de la Triple Alianza. En esta guerra, nuevamente, los negros debieron enfrentarse, pues eran parte de los ejércitos. En ella se agregó a la ferocidad y miseria de la guerra, la avaricia de algunos sectores del Brasil, que intentaban robar a los prisioneros, para remitirlos como esclavos a sus facendas o venderlos como tales en el mercado clandestino que existía en el interior agrario. De esas intentonas de secuestros, debían cuidarse los blancos y los negros argentinos y uruguayos, como consta en los documentos publicados en el Archivo Mitre, ts. V y VI. Esta guerra, salvo episodios muy aislados, da término al vía crucis del negro en las fuerzas armadas. En años posteriores y ya en plena paz, iniciando la Nación el camino del progreso material, era común y hasta normal, encontrar en las calles de Buenos Aires a viejos negros que mendigaban la ayuda pública para poder subsistir, o vendían mazamorra, pan casero, pasteles o empanada hechas por sus mujeres negras. Eran hombres que presentaban viejas cicatrices faciales, impedimentos locomotrices o estaban físicamente tan disminuidos o destruidos que no podían realizar ni siquiera la tranquila tarea de vigilancia nocturna. Su número ha de haber sido despreciable, pues las autoridades municipales dispusieron la inauguración para 1867 del Asilo de Inválidos para recoger a los veteranos de nuestras guerras. Estaba ubicado en la esquina de las calles Salta y Caseros.
Veamos dos historias de vida:
Estanislao Maldones (Padre)
Porteño, nació en Barracas en 1826 y a los catorce años fue incorporado al regimiento del Restaurador (Rosas). Por razones de conducta fue trasladado a la isla Martín García, como integrante de la guardia militar de la misma. Allí estuvo hasta 1845 en que pasó a revistar en la división del norte de la provincia de Buenos Aires para luchar contra la flota anglo-francesa que intentaba dominar los ríos interiores de la Argentina. Por ello estuvo y se distinguió en la Vuelta de Obligado, salvando la bandera que estaba a punto de ser apresada por el enemigo. Esta acción fue premiada con el ascenso a alférez de artillería. Pasó luego a combatir en el Tonelero donde fue herido de consideración en el hombro derecho. A continuación siguió en las tropas fieles a Rosas a quien acompañó en Caseros. Derrotado fue pasado a revistar a las tropas que defendían la ciudad cuando fue cercada y atacada. Luego fue parte de las tropas del Estado de Buenos Aires, siempre en el arma de artillería, que actuaron en Cepeda, siendo derrotadas. Luego defendió con éxito San Nicolás frente a la escuadra atacante mandada por Cordero en octubre de 1859. Intervino con la artillería en Pavón colaborando en buena parte a lograr el triunfo. De allí fue transferido a Martín García donde reorganizó la defensa, en base a su experiencia de artillero. De este destino pasó a integrar el ejército argentino que tomó parte en la Guerra de la Triple Alianza , actuando en la recuperación de la ciudad de Corrientes, ocupada por los paraguayos. Luego se lució en Yatay y en la liberación de Uruguayana. Estuvo combatiendo en Estero Bellaco y Tuyutí. También estuvo en Lomas Valentinas y Angostura, tomando parte en las operaciones finales contra los restos dispersos del ejército paraguayo que no aceptaban la derrota y la entrega final. Revistó bajo el mando de Gelly y Obes, a quien acompañó en toda la primera revolución jordanista. En 1868, por sus servicios y méritos fue ascendido a teniente coronel. Al terminarse esta acción, fue destinado nuevamente a Martín García. Retirado del ejército, falleció en Buenos Aires el 23 de junio de 1876. Su hijo, de igual nombre, le siguió los pasos…
Estanislao Maldones (Hijo)
Era hijo de Estanislao Maldones, el anterior, y de Teodora Linares. Nació en la ciudad de Córdoba en 1854. Ingresó al Colegio Militar en 1870, formando la primera camada de cadetes que tendría ese Instituto, del que egresó como alférez de artillería en 1873, ocupando el octavo puesto de la primera promoción. Fue destinado al regimiento 1º de línea, con el grado de teniente 1º, logrando ascender en los años sucesivos distintos grados, en variados destinos, como fueron Buenos Aires, Resistencia, Chaco, San Nicolás, Neuquén y nuevamente Buenos Aires, habiendo alcanzado el grado de teniente coronel de artillería, en el momento de su retiro en 1905, tras 45 años, 3 meses y 29 días, de servicios aprobados. Se le concedió el título de Expedicionario al Desierto por haber participado en la expedición a los Andes en 1881. Luego de su definitivo pase a retiro, se consagró a actividades culturales, orientadas a la antropología y demografía regional. Hoy en día, es considerado en Catamarca, el precursor de los estudios demográficos en la región del Noroeste argentino, ya que inició a partir del año 1911 la publicación de numerosas obras: "Los hombres venidos del norte"; "Toponimia catamarqueña", (1935); "Una década demográfica del departamento capital 1915 - 1924"; (1922); "Catamarca", (1927) y otras obras. Falleció en la provincia de Catamarca en octubre de 1934.
La vocación y el reclutamiento de los cadetes del Colegio por entonces, recién creado, variaba según su diferente edad e identidad étnica (mestiza, criolla, mulata, europea) y geográfica (regional y provincial) y su dispar conciencia estamental, de clase, de raza y de prosapia familiar (veterana de las guerras de Independencia, del Brasil, de las luchas civiles, del Paraguay y del Desierto). Un humilde mulato, hijo de un veterano guerrero, de piel más oscura que la suya, descendiente de esclavos, con las más humildes y miserables funciones que llevar a cabo, había accedido, merced a su preocupación por ser alguien en el mundo, a ser oficial del Ejército, como su padre. No sería de los que se llamaron “chisperos” (aquellos que se formaban en las unidades de tropa, como “cadetes” o “distinguidos”, tal como lo había hecho su padre), sino que sería integrante de la primera promoción del Colegio de Palermo de San Benito, creado por Sarmiento. Sería uno de los primeros oficiales de ese nuevo ejército organizado científicamente. A él, le entregaría todos sus afanes como artillero y ya en la edad madura, cansado de trajinar, dedicaría su vida a la investigación científica, convirtiéndose en un prohombre catamarqueño, cultor de la investigación y del ansia de saber, convirtiéndose en uno de los más afamados y reconocidos así como precursores de las ciencias antropológicas de nuestra región noroeste.  |
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DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO
Un estadista genial, con la pluma, la palabra y con la espada.
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12/09/08 |
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Estadista, literato, periodista, educador y soldado, Don Domingo Faustino Sarmiento nació en la ciudad de San Juan el 15 de febrero de 1811. Fueron sus padres Don José Clemente Sarmiento y Doña Paula Albarracín. Cursó sus únicos estudios regulares en la Escuela de la Patria que dirigía Don Ignacio F. Rodríguez. Dedicado en un principio a las labores comerciales, abandonó esas tareas para alistarse en las tropas que combatían a Quiroga participando en varias de las acciones contra el Tigre de los Llanos y sus seguidores. El 10 de junio de 1828 fue nombrado subteniente, revistando en la 2da Compañía del Batallón de Infantería Provincial de San Juan, creado por el gobernador, coronel Manuel Gregorio Quiroga y Carril. Tempranamente reveló su temperamento que le costaría muchas enemistadas, negándose a llevar a cabo ciertas órdenes arbitrarias. En 1829, con el grado de teniente, se sumó a las fuerzas unitarias del coronel Vega, participando en lo combates de Niquivil y Tafín donde fueron derrotados por los federales al mando del coronel Francisco Aldao. Más tarde, el 21 de septiembre en el Combate del Potrero de Pilar, cayó prisionero salvando la vida por intervención del gobernador Villafañe, amigo del presbítero Oro. |
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El 13 de abril de 1830 con el grado de ayudante mayor, se incorporó al Escuadrón de Dragones, cuya jefatura ejercía el comandante Bárcena alcanzando así un tercer grado en la jerarquía militar. En agosto de ese año fue destinado al 1er Escuadrón de Caballería Provincial. Al llegar a San Juan el coronel Indalecio Chenaut, comisionado por el general Paz para formar un regimiento de 600 plazas, llamó a Sarmiento para pedirle colaboración para el cumplimiento de la misión que le fuera confiada. Éste trabajó a órdenes de Chenaut durante un mes, al cabo del cual volvió al Escuadrón de Dragones de las Milicias Provinciales. Aunque no existen datos oficiales que lo confirmen, puede tenerse por seguro que en esta época ya tenía Sarmiento el grado de capitán, según afirma en su obra “Sarmiento Militar”, el coronel Augusto G. Rodríguez. Triunfante Quiroga en 1831, emigró a Chile en compañía de su padre. En el país hermano hizo de todo: fue maestro de escuela en Los Andes, bodeguero y maestro en Pocuro, dependiente de tienda en Valparaíso y mayordomo de minas en Copiapó.
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| En ningún momento estas actividades lo desviaron del estudio de idiomas, historia y otras asignaturas. Al enfermar de cuidado volvió para reponerse a San Juan en 1836. Con Don Ignacio Cortínez y Don Antonino Aberastain fundó el periódico "El Zonda", en cuyas columnas se ocupó de política y de educación pública. Hostilizado por Benavidez siguió su prédica hasta que éste ordenó la suspensión del periódico y el destierro inmediato de su redactor. Sarmiento pasó una vez más los Andes y en Chile se dedicó a impulsar la educación y el periodismo. Por su iniciativa el Gobierno fundó la primera Escuela Normal de Preceptores de la América del Sur (1842); él fue su director, y al año siguiente fue nombrado miembro del cuerpo académico de la Facultad de Filosofía y Humanidades. Publicó textos escolares, cartillas y silabarios, escribiendo asimismo polémicos y comprometidos artículos en diarios donde fue redactor fundador como “El Progreso” (1842- 1845), el “Heraldo Argentino” y “El Mercurio”.
Ensayó el género autobiográfico en “Mi Defensa” (1843); compuso un trabajo sobre fray Félix Aldao y su obra cumbre, y para muchos la más significativa de la literatura hispanoamericana del siglo: “Facundo”, o “Civilización y Barbarie”. Después viajó a través de Europa, África y los Estados Unidos en el lapso 1845-1848, enriqueciendo su formación de autodidacta. De vuelta en Chile en 1849, entregó a la imprenta dos obras perdurables: los “Viajes” y “Educación Popular”, su libro preferido. Totalmente adelantado en su tiempo, preconizó al año siguiente la unión de los argentinos sobre bases federalistas en su obra “Argirópolis”, así como narró su vida en la mejor escrita y la más tierna de sus producciones: “Recuerdos de Provincia”.
Cuando Urquiza se pronunció contra Rosas, fue a ofrecerle sus servicios, junto con el teniente coronel Bartolomé Mitre y los coroneles Aquino y Paunero. Se incorporó al Ejército Aliado y Urquiza, quien le reconoció el grado de teniente coronel, lo nombró redactor del Boletín de la Campaña. Cumplió con la labor encomendada siguiendo como oficial en sus filas que reunieron tropas argentinas, uruguayas y brasileñas hasta la victoria de Caseros el 3 de febrero de 1852. Luego, al no entenderse con el vencedor de Rosas, pidió su retiro del servicio activo. Emigró entonces voluntariamente a Chile donde permaneció hasta 1853, año en que regresó al Estado de Buenos Aires, cuyo gobierno el 8 de octubre le otorgó el grado de teniente coronel efectivo y le dio el alta en el Ejército Provincial. |
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Redactó "El Nacional", fue concejal fundador de la Municipalidad porteña (1856), Director de Escuelas (1856-1862) y Senador en la Legislatura de Bs. As., en 1857, 1860 y 1861. En 1857, el gobernador Pastor Obligado lo designó Jefe de Estado Mayor del Ejército Bonaerense de Reserva, con el grado de teniente coronel que acampado en Palermo estaba a las órdenes del coronel Martínez. Fue convencional en la Constituyente de 1860, convocado para tratar la reforma de la Constitución Nacional de 1853 y Ministro de Gobierno en la administración del general Bartolomé Mitre, del Estado de Buenos Aires. Después de la derrota de Cepeda, el 23 de octubre de 1859 fue nombrado segundo jefe de línea de defensa habiendo alcanzado a fortificar la quinta de Lezama hasta la llegada del general Mitre que asumió el mando. Tras la victoria del ejército de Buenos Aires, después de Pavón, 17 de septiembre de 1861 fue a las provincias cuyanas con la expedición del general Paunero como Auditor de Guerra.
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Por decreto del Poder Ejecutivo Nacional del 28 de marzo de 1863, el coronel Domingo Faustino Sarmiento fue nombrado Director de la Guerra y Comandante General de las Fuerzas de Línea y Milicias de San Juan, Mendoza y San Luis. El despacho que lo acreditó en el grado le fue remitido al coronel Sarmiento por resolución dictada tres días después de ser nombrado Director de la Guerra contra el general Peñaloza.
A poco de arribar a San Juan fue elegido Gobernador, funciones que desempeñó hasta 1864, en que fue designado Ministro Plenipotenciario y Enviado Extraordinario de la República Argentina a los gobiernos de Chile, Perú y Estados Unidos. Hallándose en el país del Norte publicó en 1867 la “Vida del Chacho”, y al año siguiente fue elegido Presidente de la República , llegando a Buenos Aires el 29 de agosto de 1868. Durante su gestión (1868-1874) creó la instrucción primaria, superior y graduada y fundó con fondos nacionales escuelas primarias, en varias provincias. De Europa importó gabinetes de ciencias y colecciones de historia natural. Creó escuelas normales anexas a los colegios nacionales de Corrientes y de Concepción del Uruguay. Fundó el Colegio Militar de la Nación, la Escuela Naval Militar, y escuelas de arboricultura y agronomía en San Juan, Mendoza, y más tarde en Tucumán y Salta.
Señala el general de brigada e historiador militar D Isaías José García Enciso que aún no acallados los ecos de la Guerra del Paraguay y ya en el poder como Presidente de la Nación , surgió en la mente del ilustre sanjuanino la inquietud de organizar un instituto de formación de oficiales para el Ejército. EI 9 de agosto de 1869, antes de cumplir su primer año como Presidente, Sarmiento envió un mensaje a la Cámara de Diputados adjuntando un proyecto sobre creación de una escuela castrense. Después de ser tratado y aprobado en ambas Cámaras, el Poder Ejecutivo promulgó la ley correspondiente el 11 de octubre de 1869 “colocando -dice el mismo autor- la piedra fundamental de un futuro promisorio en la formación de los profesionales militares. Se ponía en marcha la empresa que tanto necesita el país y que por tantos años esperó el Ejército. De ella saldrían con los años, Presidentes de la Nación , ministros, legisladores, conductores de sus ejércitos en paz y en guerra, soldados todos de la Patria y en muchos aspectos arquitectos de su destino”.
En su mensaje de apertura del Congreso de la Nación en el año 1872 el Presidente Sarmiento se expresaba textualmente así : “Me es grato anunciaros que la Escuela Militar funciona con el más cumplido éxito hace ya un año y que los hábiles profesores que la dirigen llenan satisfactoriamente los objetos de esta institución, que son dotar al ejército de oficiales científicos, ya que el arte de la guerra, por el material que requiere y sus medios poderosos de destrucción, pone el valor al servicio de la ciencia y el genio”.
Al año siguiente en su mensaje anual de apertura volvió a referirse a ella: “ La Escuela Militar, ha hecho ya por los progresos rápidos de sus alumnos y la solidez de la educación que reciben los cadetes, las bases de una mejora gradual en el servicio de las armas, tal como lo requieren las necesidades de la guerra moderna. El cuerpo de profesores que la dirigen ha dejado satisfecho el propósito de su creación y los mejores sistemas europeos sirven de norma a sus tareas”. Su siguiente paso, fue crear la Escuela Naval Militar y adquirir nuestra primera flota de mar, así como comenzar a equipar al Ejército, dentro de conceptos modernos y funcionales, adecuados a las reales necesidades de la defensa y consolidación nacional del momento.
Estableció la enseñanza para ciegos y sordomudos, e hizo practicar el censo escolar. Fundó el Museo de Historia Natural, trajo a sabios como Burmeister y fundó la Academia de Ciencias de Córdoba. Fomentó la obra edilicia de Buenos Aires y creó los jardines Zoológico y Botánico. Ocupó luego una banca en el Senado (1875-1879), donde reactualizó el credo de toda su vida y pronunció discursos memorables. El 12 de julio de 1877 fue ascendido a coronel mayor. En 1881, volvió a dirigir la instrucción primaria en la provincia de Buenos Aires así como en el orden nacional. En momentos muy difíciles desempeñó efímeramente, en 1879, la cartera del Interior. Publicó en 1883 su libro: “Conflicto y Armonías de las Razas en América”; fue en misión cultural a Chile, al año siguiente, y publicó en 1885, su último y combativo periódico “El Censor”.
Dio a conocer a un sabio y a un héroe eminente en: “Vida y eventos del Coronel Francisco J. Muñiz” y, en 1886, volcó todo su cariño y emoción de padre en “Vida de Dominguito”. Tuvo amor al árbol y a la naturaleza toda y, viejo ya, escribió un tratado de Silvicultura. Viajó al Paraguay en 1887 para reposar su quebrantada salud, y volvió con el mismo objeto al año siguiente. Publicó una serie de artículos tendientes a promover el adelanto industrial del país vecino y conservó a pesar de sus achaques físicos, el ritmo febril de actividad de sus mejores días.
Su muerte, acaecida el 11 de septiembre de 1888, conmovió profundamente a la opinión pública del continente. Su cadáver, de acuerdo con sus deseos, fue envuelto en la bandera de los cuatro pueblos a los cuales sirviera: la Argentina , Chile, el Paraguay y Uruguay. Sus restos fueron inhumados en Buenos Aires el 21 de septiembre. Al despedirlos, Carlos Pellegrini sintetizó el sentir general proclamándolo “el cerebro más poderoso que haya producido América”.
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ROJAS, RICARDO, Sarmiento el Profeta de la Pampa , Bs. As. 1945.
GALVEZ, MANUEL, Vida de Sarmiento, el hombre de autoridad, Bs. As., 1945.
RODRIGUEZ, AUGUSTO G., Sarmiento Militar, Bs. As. 1950.
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UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA, Sarmiento. Homenaje de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. La Plata, 1961. 5 tomos.
JOSE S. CAMPOBASSI, Sarmiento y Mitre. Hombres de Mayo y Caseros. Bs. As., 1962.
ALBERTO PALCOS, La presidencia de Sarmiento, Bs. As., 1963.
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ISAIAS J. GARCIA ENCISO, Historia del Colegio Militar de la Nación , Bs. As.1969.  |
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Teniente Coronel Raúl Juan Duarte Ardoy.
Caído en los enfrentamientos internos que enlutaron nuestro país.
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03/09/08 |
| Oriundo de la provincia de Corrientes, el teniente coronel Raúl Juan Duarte Ardoy nació el 30 de octubre de 1929 e ingresó al Colegio Militar de la Nación en marzo de 1948, egresando como subteniente de infantería en diciembre de 1950. Cursó la Escuela Superior de Guerra donde obtuvo el título de Oficial de Estado Mayor y estaba casado con la señora Eva Ruth Ortega, siendo padre de 2 hijos. Falleció en combate el 6 de septiembre de 1973, mientras desempeñaba el cargo de 2do Jefe del Regimiento de Infantería 1 Patricios, en las operaciones militares para recuperar las instalaciones del Comando de Sanidad, que habían sido copadas por un grupo armado. Fue ascendido post mortem al grado de coronel. |
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Durante la noche del 5 al 6 de septiembre fueron copadas las instalaciones del Comando de Sanidad, en Buenos Aires, con la intención de apoderarse de 150 fusiles y la munición existente. El copamiento se produjo con la colaboración de un soldado conscripto, perteneciente a esa unidad. Durante las acciones resultaron gravemente heridos el teniente 1ro Eduardo Rusch y el soldado dragoneante Osvaldo Dagdeg.
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Un soldado que había sido maniatado logró liberarse y eludiendo a sus custodias, escapó y pudo dar la alarma en una comisaría próxima. Se movilizaron efectivos policiales que rodearon la zona hasta la llegada de los efectivos del Regimiento 1 Patricios que, previa intimación de su jefe, iniciaron el ataque para recuperar las instalaciones.
El Tcnl Duarte Ardoy, que encabezaba una de las fracciones organizadas para la recuperación de las instalaciones, fue abatido por un francotirador al trasponer el portón sobre la avenida Caseros. Casi simultáneamente, el ataque que dirigía el jefe de la unidad sobre el frente del comando, recibía la rendición de los guerrilleros.
Los diarios de esa época hicieron una amplia cobertura del hecho, destacándose en cuadro aparte, lo siguiente:
…el teniente coronel Duarte Ardoy murió al frente de sus soldados. Al mando de una sección de tropas de su unidad… se adelantó hasta uno de los portones… Iba acompañado de un suboficial a quien apartó en el momento de intentar abrir un candado, haciéndolo él. En esas circunstancias recibió un balazo en la zona hepática y conteniendo el dolor, ordenó a sus subordinados que se cuidaron, mientras caía herido de muerte.  |
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Breve Historia del Libertador de Argentina, Chile
y Perú.
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19/08/08 |
“Un día, cuando saltaban las piedras en España al paso de los franceses, Napoleón clavó los ojos en un oficial, seco y tostado, que vestía uniforme blanco y azul; se fue sobre él, y le leyó en el botón de la casaca el nombre del cuerpo: “¡Murcia!” Era el niño pobre de la aldea jesuita de Yapeyú, criado al aire entre indios y mestizos, que después de veintidós años de guerra española empuñó en Buenos Aires la insurrección desmigajada, trabó por juramento a los criollos arremetedores, aventó en San Lorenzo la escuadrilla real, montó en Cuyo el ejército libertador, pasó los Andes para amanecer en Chacabuco; de Chile, libre a su espada, fue a Maipú a redimir el Perú; se alzó protector en Lima, con uniformes de palmas de oro; salió, vencido por sí mismo, al paso de Bolívar avasallador; retrocedió; abdicó; cedió a Simón Bolívar toda su gloria; pasó solo por Buenos Aires; se fue a Europa, triste; murió en Francia, con su hija Mercedes de la mano, en una casita llena de flores y de luz. Escribió su testamento en una cuartilla de papel, como si fuera el parte de una batalla; le habían regalado el estandarte que el conquistador Pizarro trajera a América hace cuatro siglos, y él le regaló el estandarte, en su testamento, al Perú.” Esta es la manera en que José Martí resume toda la existencia de José de San Martín.
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60° ANIVERSARIO DE SU FALLECIMIENTO
Gral. Manuel Savio
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01/08/08 |
La Escuela Superior Técnica del Ejército y la Dirección de Fabricaciones Militares son las dos grandes instituciones que dan forma física y perdurabilidad a la gran obra desarrollada por el General de División Manuel Nicolás Savio a lo largo de su existencia. Una vida corta, si tenemos en cuenta que falleció a los 56 años de edad, cuando estaba en pleno desarrollo de su actividad creativa y había consolidado buena parte de sus inquietudes en beneficio de la industria militar y civil de la nación, haciendo prevalecer sus objetivos básicos y funda-mentales: independencia, economía y soberanía.
La sensibilidad docente y la vocación industrialista fueron, como tantas veces se ha dicho, los rasgos sobresalientes del General Savio.
Había nacido en Buenos Aires el 15 de marzo de 1893. Era hijo de Sebastián Savio, inmi-grante italiano, y de María Gazzano, de nacionalidad argentina.
Se casó a los 21 años
con Alicia Dorrego, también argentina, hija de españoles.
Cursó estudios en el Colegio Nacional Central de la Universidad
de Buenos Aires y en el Co-legio Militar de la Nación
, del cual egresó como Subteniente a fines de 1910. Ascendió
a Teniente Primero en 1915, a Capitán en 1920, a Mayor
en 1925 y a Teniente Coronel en 1929. El 18 de julio de 1931,
recibió su diploma de ingeniero militar.
Su siempre ascendente y brillante carrera incluyó también
estas promociones: a Coronel en 1936, a General de Brigada en
1942 y, finalmente, a General de División, galón
que recibió el 31 de diciembre de 1946. A lo largo de
su proficua carrera militar, en 1917 fue instructor de cadetes
en el Colegio Militar y en ese establecimiento, desde 1920,
fue titular de la cá-tedra de Metalurgia y Acción
de Explosivos.
Cumplió luego diversos destinos. Y regresó a la
docencia en 1930 para reestructurar el Curso Superior del Colegio
Militar y sobre esa base organizar la Escuela Superior Técnica
del Ejército. Su labor se complementó con la instrucción
militar impartida por la Escuela Superior de Guerra y enriqueció,
de manera trascendente, la industrialización castrense
que realizaba la Escuela de Mecánica, reestructurada
por el también ilustre ingeniero mili-tar Enrique Mosconi.
En tanto la Escuela de Mecánica se dedicaba a capacitar
operarios, la Escuela Superior Téc-nica se abocó
a la tarea de formar ingenieros militares con avanzada especialización
teórica y práctica. Para llevar adelante sus planes,
Savio aplicó con gran lucidez las experiencias de la
visita que realizó al continente europeo en 1923, como
miembro de la Comisión de Adquisiciones del Ejército.
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Antes
de reiniciar su labor docente en la Escuela Superior Técnica,
había sido secretario general de los Ferrocarriles del
Estado, cargo que debió dejar en 1930 para ponerse al
frente del Instituto.
En 1933, luego de haber traducido del francés diversas
obras del Capitán de Artillería Du-mez sobre fabricaciones
mecánicas, organización general de las fábricas
y organización del trabajo, escribió su primer
obra titulada Movilización Industrial.
Luego le siguieron los libros Política Argentina del
Acero (1942), Política de la Producción Metalúrgica
Argentina (1942) y el grupo de Conceptos que fundamentaron el
proyecto de ley de Fabricaciones Militares, en 1944. También
fue autor de otros trabajos, como ser la ley de |
| creación de la Dirección
General de Fabricaciones Militares, Nro. 12.709; el Plan Si-derúrgico
Argentino, ley Nro. 12.987; el proyecto de ley para desarrollar
en el país un plan de producción de caucho natural
y sintético y el proyecto de protección y fomento
de las industrias de las materias primas básicas.
En 1937, asumió la titularidad de la Dirección
de Fábricas Militares, creada el 24 de diciem-bre de
1936. Savio recibió entonces la Fábrica de Munición
de Armas Portátiles de Puerto Borghi, recién
habilitada; la de Material de Comunicaciones, en organización;
la de Aceros, en construcción y, en proyecto desde
una década atrás, la de Pólvora y Explosivos
de Villa María, que sacó a licitación
junto con la de Munición de Artillería de Río
Tercero.
Savio enfatizó la necesidad de evitar la dispersión
de los esfuerzos y concentrarlos en ar-mónica y coherente
concepción. Así nació el proyecto de
ley orgánica de la Dirección de Fabricaciones
Militares que el 11 de mayo de 1938 elevó a la consideración
del Poder Eje-cutivo Nacional. Savio pasó a ser, por
esos años, titular del Cuartel Maestre General del
In-terior y sus inquietudes volcadas en el proyecto alcanzaron
sanción legal cuando, al conjuro de la Segunda Guerra
Mundial, se convirtieron en "peligros inmediatos"
los riesgos que él había señalado con
anterioridad como "probables y cercanos".
El presidente Ortiz respaldó las ideas del General
Savio al elevar el proyecto a la considera-ción del
Poder Legislativo y otro tanto hizo luego su sucesor, el doctor
Castillo. El proyecto fue tratado cinco veces y, finalmente,
el día 9 de septiembre de 1941, se promulgó
la ley mediante la cual se creó y estableció
el régimen orgánico de la Dirección General
de Fabri-caciones Militares, entidad que comenzó a
funcionar como organismo autárquico el 10 de septiembre
de 1941, con la firma del decreto Nro. 102.621.
El primer directorio lo encabezó el entonces Coronel
de Ingenieros Manuel Nicolás Savio como presidente
y director general.
Lo componían, además, vocales: ingenieros Carlos
José Alonso y José Padilla y Tenientes Coroneles
Carlos José Martínez y Julio Pedro Hennekens.
Los integrantes del directorio asumieron sus funciones el
23 de octubre de 1941.
En su creación, Fabricaciones contaba con cinco establecimientos:
Fábrica Militar de Equi-pos (ex Taller de Arsenal),
Fábrica de Material de Comunicaciones (ex Laboratorio
del Arma de Comunicaciones), Fábrica de Aviones (transferida
por la Aviación Militar ), Fábrica de Acero
y Pólvora y Fábrica de Explosivos de Villa María,
estas dos últimas, inauguradas por Savio en 1937 y
1938 respectivamente.
En el mes de octubre de 1941 se efectúa un planteo
militar al presidente Ramón Castillo; el oficial comprometido
de mayor jerarquía, según la versión
de José María Rosa, era el en-tonces coronel
Manuel Savio.
Los que entrevistan a Castillo son los tenientes coroneles
Franklin Lucero, Gregorio Tauber y Joaquín Saurí,
en representación de las guarniciones de Campo de Mayo,
Palermo y Li-niers.
Le presentaron un planteo de ocho puntos, de los cuales Castillo
accedió al mantenimiento de la neutralidad en la Guerra
, la clausura del Consejo Deliberante de Buenos Aires y la
declaración del estado de sitio. Según José
M. Rosa, de este planteo a Castillo surgió el G.O.U.;si
bien Savio no perteneció a esa logia militar, tanto
Lucero como Tauber y Saurí tuvieron roles protagónicos
en el proceso iniciado el 4 de junio de 1943, del que el G.O.U.
fue inspirador. Savio, que no era peronista, pero mantuvo
varias reuniones con Perón con el cual coincidían
en muchos temas. Es ascendido a general de división
el 31 de diciembre de 1946. Impulsa el Plan Siderúrgico
Argentino, que obtiene el apoyo de Perón y de su mi-nistro
de guerra el general José Humberto Sosa Molina.
En julio de 1943, a menos de siete años de su establecimiento
como organismo autárquico y siempre con la conducción
del General Savio, Fabricaciones Militares contaba ya con
doce plantas. A las nombradas se sumaron: la de Fabricaciones
Militares de Armas Portátiles "Domingo Matheu"
(inaugurada el 3 de octubre de 1942), la de Tolueno Sintético
(31 de di-ciembre de 1942), la de Munición de Artillería
Río Tercero (21 de mayo de 1943), la de Mu-nición
de Artillería "Borghi", hoy "Fray Luis
Beltrán" (8 de octubre de 1943), la de Vainas
y Conductores Eléctricos E.C.A. (15 de julio de 1944),
la de Munición de Armas Portátiles "San
Francisco" (diciembre de 1944), la de Materiales Pirotécnicos
(30 de abril de 1945) y la de los Altos Hornos Zapla, habilitados
el 23 de enero de 1943 en la provincia de Jujuy.
Por otro lado, con el aporte de grupos empresarios, Savio
organizó las siguientes socieda-des mixtas: Industrias
Químicas Nacionales (11 de agosto de 1943), Elaboración
del cromo y sus derivados (19 de junio de 1944), Atanor, Compañía
Nacional para la Industria Quími-ca (30 de junio de
1944), Aceros Especiales (13 de Junio de 1944) y Siderurgia
Argentina.
Sobre el final de esta sucinta reseña histórica,
cabe hacer especial mención del Plan Side-rúrgico
Argentino, que inspiró su pensamiento en dirección
de los grandes objetivos de la Nación. La muerte de
Savio, el 31 de julio de 1948, sorprendió y consternó
al país. Un sin-cope cardíaco acabó con
la vida de un hombre cuyo objetivo vivencial fue la grandeza
y so-beranía de su patria.
Ante su deceso, el desaparecido diario El Mundo dijo en sus
páginas: "Con la muerte del General Savio pierden
nuestras Fuerzas Armadas a uno de sus oficiales superiores
más ca-paces y brillantes y el país, a un técnico
y organizador de relevantes condiciones, especial-mente en
los campos industriales siderúrgicos, donde se le consideraba
un valor singular.” A todo esto, el diario Crítica
agregaba: "El país pierde también a un
eminente ciudadano que buscó afanosamente la consolidación
de su independencia y de su soberanía a través
de la creación de poderosas industrias nacionales mantenidas
con recursos extraídos de nuestro propio suelo."
En el Parlamento, a su vez, el diputado J. R. Pastor expresaba:
"Porque el Ejército de nues-tro país ha
perdido a uno de sus conductores dilectos; porque la República
ha perdido tam-bién a un ciudadano que la honraba y
porque la sociedad argentina ha perdido a un hom-bre culto
y superior, con toda la emoción de mi alma y con profundo
sentido de dolor, co-mo el experimentado por cualquier ciudadano
del país, adhiero a este homenaje que vamos a rendir,
más que en nombre de la Cámara de Diputados
de la Nación , en nombre de toda la ciudadanía
argentina."
El General Savio fue un varón ilustre. Su vida rompió
los moldes comunes para transfor-marse en un ejemplo. Su personalidad
no admite elogios fáciles, sino que exige penetrar
en los múltiples rasgos que hicieron de él un
jefe militar destacado, un creador vigoroso y un acendrado
patriota.
Políticos, industriales, comerciantes, hombres de ciencia,
profesionales y ciudadanos comu-nes coinciden unánimemente
en la valoración de las virtudes que adornaron la existencia
de este del militar argentino con profunda vocación
nacional. 
Fuentes:
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Eugenio del
Busto
Por
Sergio Toyos
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23/06/08 |
Sus comienzos
En 1825, una expedición punitiva contra los
indios, mandada por el Coronel Federico Rauch, se internó
en las sierras de Cura Malal. Las partidas de exploración
dieron con Eugenio | | |