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El refugio
Un rincón espiritual en la milicia
Por el My (R) Sergio O. H. Toyos

Una observación profunda de la esencia humana, nos permite apreciar que existen vocaciones con muchos puntos de contacto, entre ellas podríamos citar con especial énfasis, a la milicia, el sacerdocio, la docencia y la medicina. Visto el fenómeno con ese enfoque, es realmente notoria la forma en que estas orientaciones elegidas para caminar en la vida por distintas personas, no sólo se parecen, sino que es conocido que hasta en algunos casos, terminan siendo caminos que se siguen en forma reunida.
Así, a principios de la década del '70, un capellán militar atendía varias de las muchas unidades de la guarnición militar Córdoba. Español de nacimiento fue sorprendido por la Guerra Civil en su tierra. Siendo un muchacho joven aún, se enroló en las fuerzas nacionalistas, haciendo toda la guerra con brillante desempeño, y llegando a detentar el grado de capitán de artillería, a una edad en que tal vez, en condiciones normales, todavía sería cadete.
Cuando le llegó la desmovilización, ingresó a la Universidad para cursar estudios en medicina, llegando a doctorarse y a ejercer durante un tiempo. Pasados pocos años, un nuevo llamado tocó a las puertas de su espíritu: uno que venía de más alto y que aunque lo tenía como un joven hombre que no desconocía la acción ni las fatigas del servicio, le volvió a exigir estas condiciones, para dedicarlas al prójimo.

Así fue como ingresó a la orden franciscana y llegó a nuestras tierras, donde volvió a brindar su tiempo y triple vocación al personal militar que se encontraba destinado en Córdoba... Cosas de la vida, cosas de los hombres, cosas de Dios...
No se sabe de época alguna, en la que los ejércitos dejaran de contar con sus sacerdotes, chamanes, o adivinos para inclinar la suerte de las armas a favor de las tropas a las que acompañaban, invocando a sus divinidades.
Así, desde los primeros momentos del Ejército de la Independencia , y como cosa heredada del español que llegó a estas tierras con la espada y con la cruz al mismo tiempo, hasta nuestros días se cuenta en la mayoría de las unidades con capellanes castrenses o auxiliares, que colaboran con el personal militar, atendiendo sus necesidades espirituales.
La libertad de culto que actualmente se profesa en las FF.AA. no ha hecho necesaria aún la figura de ministros de otras religiones no católicas, en virtud del escaso número de practicantes de ellas. En el ejercicio de sus funciones, ayudan, aconsejan y orientan a todo el personal militar con sus familias, incluyendo también a aquel que no es católico, desempeñando un rol de gran importancia, particularmente en las guarniciones más alejadas. De la misma forma, muchas veces cuentan con la ayuda de los oficiales y suboficiales más jóvenes para complementarlos en el auxilio de su particular feligresía. De tal modo, esos oficiales y suboficiales actúan como instructores, jefes o encargados de sección, jefes de grupo, padres, hermanos mayores, maestros... y también, auxiliares de catequistas.

Cierto oficial recuerda una anécdota, de sus años de subteniente, en que una noche se encontraba junto con otros jóvenes compañeros terminando de cenar en el Casino de Oficiales. Habían finalizado las actividades del día y como oficial de semana, se disponía a presidir la formación de retreta de la subunidad. Sin recordar de quién fue la idea, guarda la fresca evocación del momento: a alguno de ellos se le ocurrió organizar un rápido fogón, como para distender las rígidas, austeras y agotadoras actividades del día.
Rápidamente, aparecieron guitarras, contadores de chistes, imitadores, zapateadores y otros improvisados artistas, que con diversos niveles de eficiencia y pudor, representaron sus artes, alrededor de un gran fuego. La alegría y el gozo eran totales, pudiéndose comprobar que no solamente la idea había sido oportuna, sino que, también, había sido del gusto de todos. Y lo cierto fue que aún habiendo sufrido las inevitables burlas e imitaciones por parte de los improvisados histriones que se presentaron, al final de los números previstos, alguien deslizó la idea de rezar un rosario todos juntos.
El momento era ideal y tanto la noche como el momento vivido, invitaban a ello, por lo que accediendo a la propuesta, y sabiendo que había personal que no era católico, los autorizó a retirarse a descansar. Su sorpresa y asombro fueron grandes cuando vio que nadie se retiraba. Se comenzó a rezar entonces el espartano rosario y bien pronto, las callosas y viriles manos de esa muchachada motivada y llena de espíritu de cuerpo, comenzaron tímidamente a entrelazarse.

Entre los soldados, había uno de origen judío, que se había destacado por tocar maravillosamente la guitarra y cantar muy bien. Seguramente oriundo de una de las tantas localidades entrerrianas de rusos alemanes provenientes del Volga, su familia se radicó en algún lugar de la provincia de Entre Ríos y les había entregado a un verdadero gauchito judío que se había lucido en sus habilidades musicales.
Participó junto con todos, sosteniendo la mirada hacia abajo y tomando la guitarra con ambas manos. Promediando la oración, en forma casi inconsciente, tomó las manos de sus compañeros y en silencio, pero visiblemente emocionado, permaneció reunido participando del momento con todos sus compañeros y superiores.
Terminada la oración y no habiéndole pasado inadvertidos estos detalles a nuestro oficial, indicó a un grupo de soldados que apagara el fuego y acomodara todo el sector, mientras ordenaba al grueso de la compañía que concurriera a la carrera a cambiarse para pasar al descanso. Nuestro soldado, salió corriendo, titubeó y volvió sobre sus pasos para acercársele tímidamente al Subteniente y solicitarle permiso para dirigirle la palabra. Concedido que le fue y con los ojos muy húmedos, dejó que hablara su corazón. Casi sollozando, con ahogos producidos por una honda emoción, le agradeció profundamente el momento que le había sido permitido vivir. Luego de esto, salió corriendo junto con sus compañeros...
Por su parte, nuestro joven subteniente, agradeció a la oscuridad de la noche que le pudiera permitir ocultar las lágrimas que le habían anegado los ojos. Cosas que non vedere Sancho...

Otro caso recordado, y esta vez, provisto de un dejo de comicidad, lo constituye el hecho de que hacia 1977, un joven subteniente se encontraba de novio y a punto de contraer enlace. A la sazón, se encontraba por entonces destinado en la tradicional guarnición artillera de Camet, Provincia de Buenos Aires y en comisión en la Agrupación de Comandos Anfibios, unidad de Fuerzas Especiales que la Armada tenía por entonces con guarnición en la Base Naval de Submarinos de Mar del Plata.
Se encontraba justamente realizando el Curso de Comandos Anfibios y en virtud de la cercanía de la fecha de la boda, no podía realizar el acostumbrado cursillo prematrimonial que se acostumbra hacer en la parroquia a la que pertenece a la novia, quien vivía en Buenos Aires. Consultadas fueron las autoridades eclesiásticas correspondientes, y autorizaron a hacer el mencionado curso en forma separada.

Nuestro subteniente, presentó su caso al capellán de la Base Naval donde revistaba, un severo capitán de Navío, muy hecho a las costumbres y tradiciones castrenses y obviamente a las navales. Con las recomendaciones de que lo viera y consultara cuantas veces lo necesitara, le entregó para prepararse, un reglamento naval titulado “INSTRUCCIÓN PRE - MATRIMONIAL PARA EL PERSONAL DE INFANTERÍA DE MARINA” – Capellanía – Baterías – 1976.
Lo consultó, en efecto y según nos contara, al Señor Capitán de Navío Capellán, en varias ocasiones y terminada la lectura del mencionado reglamento , mantuvieron unas cuantas charlas formativas, resultando muy útiles, prácticas y cargadas de sentido común. No obstante, nunca olvidaría lo cómico que me resultara el momento de la entrega de un reglamento de instrucción , para prepararse para su nuevo estado civil.
Otro capellán al que todavía se lo puede ver ejerciendo su labor espiritual en el Barrio de Suboficiales “Sargento Cabral”, llevando los auxilios de la fe, alentaba a los jóvenes aspirantes de la Escuela de Suboficiales, con un viejo dicho en latín: Intus fide, foris ferro. Este hermoso lema, significa algo así como que el hombre militar debe estar permanentemente cimentando su fe interior, mientras por fuera, debe estar revestido de una coraza de hierro para soportar los embates de las tentaciones, las dificultades y las asperezas de la vida castrense. Una forma culta de citar aquel viejo refrán español que reza A Dios rogando y con el mazo dando... Y vaya que encierran sabiduría los refranes.

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