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Cartas no contestadas
Teniente Coronel de Caballería VG GUSTAVO ADOLFO TAMAÑO
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El 5 de abril de 1982, un puñado de hombres partieron de su cuartel, ubicado al pie de los Andes Patagónicos, para sumarse a quienes pocos días antes, habían logrado que nuestro pabellón nacional flameara nuevamente en las Islas Malvinas.
He aquí la vivencia de uno de esos soldados de Caballería, que pasada más de una década, ha decidido responder aquellas cartas no contestadas.
1ra Carta: Carta de una estudiante porteña
BUENOS AIRES, 1 de mayo de 1982.
Querido Soldado:
Para empezar quiero darte las gracias por todo lo que estás haciendo por nosotros y que esta carta sea para transmitirte todo mi apoyo. Seguro que cuando vuelvas podrás recordar todo esto con mucho orgullo.
Quiero que sepas que todos los que estamos acá pensamos continuamente en ustedes y estamos dispuestos a colaborar y ayudar con Uds. para lograr lo que todos queremos que es la Soberanía Argentina en las Islas Malvinas.
Con esta carta mando algunas cosas para sentir que parte de mí está con Uds. aunque no pueda ir. Te cuento que soy estudiante y mi facultad está organizando colectas de dulces para poder mandárselas cuanto antes. Hay una caja enorme en la entrada y carteles por todas partes.
Por acá se vive un ambiente bárbaro, todos están muy unidos, nos sentimos argentinos, las casas están embanderadas, todos los días hay manifestaciones apoyando nuestros derechos, hasta la colectividad inglesa hizo una, y por supuesto todas las otras. Hay toda clase de donaciones, las mujeres estamos tejiendo gorros, bufandas y pasamontañas que pienso que lo deben estar necesitando. Me gustaría pensar que ya han probado la torta "Malvinas". Yo ya la hice, pero soy tan mala cocinera que en casa me dijeron que se la mandara a los ingleses. Hoy empecé a tejer cuadraditos de lana para hacer mantas, me emociona pensar que algo que yo hice les ayude en algo. Estoy pensando que a lo mejor no oíste hablar de la torta "Malvinas", es una colecta de tortas que se hace y son todas iguales, tienen chocolate, dulce de leche y otras cosas más.
Sé que Dios nos va a ayudar en nuestra causa que es justa. Tenemos que tener mucha fe y valor y demostrarle al mundo lo que valen los argentinos.
MUCHISIMA SUERTE !!!
CLAUDIA
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Contestando la carta de Claudia
Querida Claudia:
Para comenzar, quiero decirte, gentil desconocida, que agradezco tus palabras de aliento. No sabes cuán importante es para todos nosotros sentir el afecto de quiénes son la razón de nuestro existir.
Ten la seguridad, que aquí se hará lo posible para no traicionar las esperanzas que han puesto sobre nuestros hombros, pero es bueno también que sepas, que la suerte nos puede ser adversa, y quizás, debamos regresar cargando el amargo peso de una derrota.
Que tu entusiasmo no se trastoque en hiriente rechazo hacia el vencido. No olvides que es una lucha difícil, frente a un enemigo valeroso y capaz. Recuerda ser agradecida con aquellos que regresen, que ellos ya bastante llevan soportando en las heladas trincheras, con sus manos y rostros lacerados por el viento glacial, y sufriendo noche tras noche los bombardeos, que como las olas que embisten las rocas, poco a poco van agrietando el espíritu de los defensores.
Son hombres, que con estoicismo soportan las más variadas penurias que puedas imaginar, alejados de sus seres queridos, sufriendo una creciente sensación de aislamiento. Cuando veo sus rostros, sé que varios de ellos quizás no vuelvan a ver sus familias, y dejarán madres, viudas y huérfanos, que por mucho tiempo llorarán su pérdida.
Hombres, que cada amanecer, agradecen al Creador el estar vivos, para enseguida volver a enfrentar los riesgos de ese nuevo día. Es la incertidumbre y la espera lo que agobia el espíritu, lo que ensombrece el pensamiento y aturde los sentidos.
Y cuando la noche cae, se inicia la espera, que súbitamente se corta con el estampido seco y rítmico de los cañones de las naves, seguido del crispante aullar de los proyectiles que pasan sobre las posiciones para estallar un poco más allá. No pocas veces tiene como preludio, el brillante espectáculo pirotécnico de las bengalas, que en un alarde de belleza, arden suspendidas en el frío aire. Pero todo lo bello de la escena, es pronto trastocado por la muerte y destrucción que traen los proyectiles que le suceden, que estallan provocando un despliegue de letales esquirlas incandescentes.
No pocas veces, mientras esto acontece, vuelo con mi pensamiento hacia el oscuro y frío océano, y allí imagino, los navíos británicos cortando el mar con sus afinadas proas, en gráciles bigotes de agua y espuma.
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Y en su cálido seno, rodeado del apagado murmullo de las turbinas, reinando la febril actividad que precede al bombardeo. Ellos allá, secos, bien abrigados, sentados detrás de pantallas de radares y computadoras, en una sala ordenada y limpia, con sus máscaras y guantes protectores, que los carga aún más de un aire de film de ciencia ficción. Nosotros acá, luchando contra la persistente llovizna, que ha transformado el suelo en un lodazal, azotados por el viento frío, y con escasa o ninguna comodidad. Triste suerte la del soldado.
Pero también arriba a mi mente la imagen del viejo crucero, veterano de mil batallas, que desgarrado su vientre por los torpedos, se hundió atrapando entre sus nobles mamparos centenares de marinos argentinos. Reza bien la vieja canción alemana "No hay flores sobre la tumba de un marino".
Pero querida y desconocida amiga, el amanecer no nos asegura la tranquilidad. Sobre el diáfano cielo, surcan a gran altura las aeronaves inglesas, dejando detrás una delgada estela de vapor condensado. Cada tanto, brillantes reflejos se desprenden de su fuselaje bañado en el frío sol invernal. Se da la alerta, los cañones antiaéreos giran nerviosamente buscando el blanco, para abrir el fuego en una rápida sucesión de disparos. El cielo azul, se puebla de los blancos copos de las explosiones. Pero el aeroplano prosigue desafiante, majestuoso, inalcanzable ante la mirada impotente de los defensores. Ojos angustiados lo miran, allí está, inalcanzable, inexorable va la muerte transportada en su vientre, que perezosamente se desprende, para rápidamente acelerarse en un lastimero y agudo silbido que culmina en un estallido de angustia, muerte y dolor.
Es así la vida aquí, querida amiga, donde cada día cuenta para los defensores. No sé si habré sabido transmitir el sentir de quiénes esperamos el momento decisivo, en que podamos poner a prueba nuestro coraje. No será sencilla esta empresa, pero ten la seguridad de que aquí hay hombres, dispuestos a llevarla adelante, y para quiénes el apoyo de sus compatriotas es fundamental, no sólo hoy en la acción, sino también mañana en la reflexión.
A mi entusiasta corresponsal
Gustavo
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2da Carta: Carta de una universitaria cordobesa
CORDOBA, 24 de junio de 1982.
Adolfo:
Quizás no lo sepas, pero es la segunda vez que te escribo; lo hice anteriormente el 4 de junio pasado y lo estoy haciendo nuevamente ante la carencia de información que tengo, ya que no he recibido tu contestación.
La primera carta, que respondía a la tuya escrita el 23 de mayo, la mandé‚ a la dirección que vos nos diste, allá en nuestro Puerto Argentino.
Yo soy Raquel M., tengo 18 años y soy cordobesa. Soy una de las chicas del grupo de la Escuela Superior de Lenguas, de la Universidad Nacional de Córdoba.
¿Te acordás? Nosotras mandamos una carta a un Soldado cualquiera, y fue a caer en tus manos. Vos nos la contestaste y nosotras la recibimos el 2 de junio. ¡Qué‚ hermosa carta la tuya! ¡Es un fiel reflejo del coraje y valentía de la juventud argentina! En la carta anterior, te había enumerado una serie de preguntas que hacían referencia a la vida que llevaban en las Islas Malvinas. Pero, lo más probable, es que no la hayas recibido; y es por eso que me tomo el atrevimiento de dirigirme a vos enviando esta correspondencia al otro domicilio que nos diste en Esquel.
Por favor: quisiera que me escribas, si no podés hacerlo vos, que lo haga alguna persona amiga o un familiar contándome como estás.
Y . . . Muchas gracias por lo hecho!
Raquel
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Contestando a la corresponsal cordobesa
Raquel:
Mucha alegría me ha dado recibir tu carta, desafortunadamente la anterior no llegó a mis manos. Tú sabes, que en estos tiempos difíciles, es fácil que la correspondencia se extravíe.
Cuando leo tu carta, resaltan a mi lectura dos palabras: CORAJE Y VALENTIA. Que momento más apropiado que este, para escribir sobre ellos.
Se ha escrito mucho sobre el coraje y la valentía, de héroes y cobardes, de vencedores y vencidos. Lo cierto, querida amiga, que detrás de los relatos cuasi-novelescos, cargado de tintes románticos, existe una realidad, que por cierto plantea dilemas que nos llevan a bucear a lo más profundo del alma del ser humano. Qué extraño mecanismo es el que hace que un hombre sea valiente o cobarde? ¿En que desconocida parte del laberinto de nuestra mente se encuentran esas salidas? No puedo darte respuesta a estos interrogantes, pero sí puedo afirmarte, luego de pasar algunas vivencias intensas, que no se puede tener coraje sin tener temor.
Y esto digo, porque aquel que carece de temor, no tiene obstáculo que superar, sencillamente no es consciente de lo que le acontecerá. Pero aquel que tiene verdadera conciencia del peligro, de las consecuencias que le pueden acarrear, y domina el temor a ello, enfrentando los riesgos, es el que tiene valor. Ese dominio de la persona, el doblegar el instinto natural de rehuir del peligro, es lo que hace al hombre tener ánimo ante el riesgo.
¿Pero es el hombre absolutamente valiente o cobarde? ¿O podrá tener momentos de dubitación, temor y otros de heroísmo? ¿Qué es lo que lo mueve?. Viene a mi mente un film sobre el naufragio del "Titanic", en que como variación de claroscuro se manifiesta el valor extremo, la serena calma, la tranquilidad que se transmite con ademanes y palabras precisas, junto a las más bajas manifestaciones de cobardía, el pánico desenfrenado, y los actos históricos que generan mayor zozobra.
Sí, Raquel, las situaciones límites son un durísimo banco de pruebas del hombre, momentos quizás breves, pero intensos, donde un alud de sensaciones y situaciones apabullan nuestra cordura, donde una tempestad de estados de ánimos, muchas veces dispares, agitan el mar de nuestra reflexión. Y repentinamente estamos solos, frente a complicados dilemas que exigen decisiones difíciles.
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Es arduo conducir hombres en estas circunstancias, es una lucha permanente, primero dentro de nuestra mente, luego con todo lo demás que nos rodea, dándose aire uno mismo y a los demás.
La guerra, es quizás uno de las más duras pruebas que deba enfrentar el hombre. En ella afloran los más nobles actos, pero también las conductas pérfidas.
Que prueba, amiga mía, a lo que esto nos somete. Recuerdo el primer bombardeo de la artillería naval, sobre nuestra zona. Nos encontrábamos durmiendo con todos los hombres en una edificación confortable, que nos abrigaba de frío y humedades. Imprevistamente comenzaron a estallar los obuses. ¡Qué violento despertar! Parecía que nos estuviese disparando toda la flota. Nos vestimos como pudimos, para salir en busca de la seguridad del barranco. Protegidos más por la fortuna, que por las rocas, nos fundimos con ellas, mientras los proyectiles caían con rítmica cadencia. Bromas nerviosas corrían entre el grupo, como corría el sudor y un molesto cosquilleo por mi espalda. A partir de esa noche decidimos renunciar a la comodidad de la casa, por la seguridad de las rocas. Luego de algunos bombardeos, habituados a sus fastidiosas visitas nocturnas, ya no interrumpimos nuestro sueño, confiando en el amparo de nuestro refugio. Hemos dominado el temor inicial. Sin embargo, siempre que pienso en la lluvia de esquirlas de los proyectiles, un cosquilleo frío se apodera de mi espalda.
Raquel, espero poder seguir estando a la altura de las circunstancias. No solamente la idea de defraudar a quienes en mi confían, producen en mi una sensación de desasosiego, sino también el pensar en quedar disminuido o perder mi libertad de moverme. El sufrimiento, la minusvalía me angustia mucho más que la muerte misma.
Quizá esté errado, tal vez sea parte de mi naturaleza, pero esa es mi percepción. Pero en lo que sí estoy seguro, es que una vez pasada esta dura experiencia, estaré muy próximo a encontrar las respuestas a los interrogantes que en esta carta te he planteado.
Quiera el destino que algún día tu puedas leer esta carta, y también me permita conocerte, pues mucho tengo que agradecerte el aliento cálido que haces llegar a nuestros fríos refugios.
Gustavo
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